Hay un alma generosa en el jardín, sin pedir nada, pero dándolo todo. Es el árbol de mango.
No se apresura. Durante el verano abrasador, extiende sus brazos, proyectando un fresco y verde consuelo sobre la tierra sedienta. Su dosel es un santuario, una biblioteca de luz solar moteada donde las cigarras cantan sus rítmicos cantos y el calor de la tarde pierde su agudeza.
Pero su verdadera gloria llega con el calor. Empieza a vestirse de diminutas y fragantes flores, un sutil perfume que presagia la abundancia venidera. Entonces, como adornos de un gigante benévolo, aparecen los frutos. Al principio, pequeños y verdes, se esconden tímidamente entre las hojas. Pero a medida que el sol los acaricia día tras día, se hinchan, adquiriendo tonos dorados de amarillo y rojo.
Coger un mango de sus ramas es recibir un regalo de sol líquido. Su pulpa es dulce, rica y jugosa, un sabor que evoca lluvias tropicales y vientos cálidos. Es un sabor de pura alegría.
Sin embargo, su don no se limita a la fruta. Mucho después de la cosecha, su madera puede tallarse en los robustos mangos de las herramientas, y sus hojas se tejen en adornos festivos, simbolizando la prosperidad y la vida. Da sombra al niño que lee abajo, un hogar para los pájaros y un punto de referencia para el viajero cansado.
El árbol de mango no presume. Simplemente se yergue, testimonio de la gracia serena y poderosa de la naturaleza, enseñándonos que la mayor belleza reside en la generosidad y la entrega silenciosa.